Carlos H Lozano/Editor Redpalabras.com
Septiembre 21/2026
La cocaína y su mercado es un negocio de distancias. La misma sustancia puede multiplicar su valor desde las regiones productoras de Sudamérica hasta los mercados de consumo de Norteamérica. Entre ambos extremos aparece México: no como gran productor de cocaína, sino como uno de los principales territorios de tránsito y distribución.
En algún punto del Pacífico, lejos de las ciudades y de las carreteras mexicanas, una embarcación avanza hacia el norte. No lleva una bandera que explique su destino ni un cargamento declarado en un manifiesto comercial. En el radar puede ser apenas un punto más entre miles de movimientos marítimos. Para las autoridades mexicanas, sin embargo, ciertas embarcaciones despiertan una sospecha conocida: podrían formar parte de una cadena que comienza miles de kilómetros al sur y termina en alguno de los grandes mercados de consumo de Norteamérica. En 2026, esa escena se ha repetido frente a las costas mexicanas.
El 1 de julio, la Secretaría de Marina informó del aseguramiento de aproximadamente 1,2 toneladas de presunta cocaína frente a Chiapas. Semanas después, el 21 de julio, fueron incautadas otras 1,5 toneladas en una embarcación localizada a unos 150 millas náuticas al suroeste de Puerto Chiapas, el 3 de agosto, la Marina comunicó el decomiso de aproximadamente 4,4 toneladas en cuatro embarcaciones frente a las costas de Oaxaca y Chiapas. Son cifras enormes. Pero, paradójicamente, cuentan solamente una parte de la historia.

México no es el origen de la cocaína
Para entender el papel de México hay que comenzar bastante más al sur. La cocaína que atraviesa el territorio mexicano procede fundamentalmente de Sudamérica. Colombia continúa siendo la principal fuente de la cocaína que llega al mercado estadounidense, según la evaluación de la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos (DEA). Su análisis de muestras incautadas en 2024 determinó que alrededor del 84 % de las muestras analizadas tenían origen colombiano.
México ocupa otra posición dentro de la cadena.
Su importancia procede, en buena medida, de su geografía: limita al norte con Estados Unidos, tiene extensas costas en el Pacífico y el Atlántico y se encuentra entre Sudamérica y el mayor mercado de drogas ilegales del continente. Para las organizaciones dedicadas al tráfico, esa posición convierte al país en un territorio de tránsito, almacenamiento y distribución.
La DEA describe precisamente ese modelo: organizaciones asentadas en México obtienen cargamentos de cocaína procedentes de Sudamérica y los trasladan mediante rutas marítimas, aéreas o terrestres hacia México y posteriormente hacia Estados Unidos. Es decir la cocaína se “encostala” o empaca en otra región y en México se reempaca, es decir es “harina de otro costal”, utillzando una frase popular. También, no significa que toda la cocaína que entra en México tenga como destino Estados Unidos. Existe también un mercado interno y diferentes redes de distribución. Pero la dimensión internacional continúa siendo fundamental para comprender el negocio.

El Pacífico se convierte en escenario recurrente
Los decomisos de 2026 muestran algo que las autoridades mexicanas vienen señalando desde hace años: el mar es uno de los principales escenarios de las operaciones contra el tráfico de cocaína. El dato resulta especialmente visible en el sur del país. Entre el 1 de agosto y el 11 de septiembre de 2026, según información presentada por el Gobierno mexicano, tres operaciones frente a las costas de Chiapas permitieron asegurar 3,7 toneladas de cocaína y detener a 13 personas. La propia Presidencia describió la costa de Chiapas como uno de los frentes prioritarios de vigilancia marítima.
No es un fenómeno limitado a Chiapas.
En mayo, la Marina reportó el aseguramiento de 2,154 toneladas de presunta cocaína en aguas del Golfo de Tehuantepec, frente a Oaxaca. En agosto, otro operativo frente a las costas de Michoacán terminó con el aseguramiento de más de 1,6 toneladas de presunta cocaína. La operación se produjo aproximadamente a 329 kilómetros al suroeste de Lázaro Cárdenas.
La sucesión de operaciones no significa que todas las rutas estén descubiertas. Significa algo más limitado e importante desde el punto de vista periodístico: las autoridades están detectando movimientos significativos de cocaína en diferentes puntos del litoral del Pacífico mexicano.

Una frontera que empieza en el mar
Chiapas tiene una particularidad. Además de su costa del Pacífico, comparte frontera con Guatemala y conecta geográficamente a México con Centroamérica. Eso convierte al estado en un espacio especialmente sensible dentro de las rutas internacionales de drogas.
En septiembre, la Presidencia informó que las autoridades mantenían operaciones permanentes en la costa de Chiapas para detectar embarcaciones utilizadas en el tráfico de drogas procedentes de Centro y Sudamérica. En una de las operaciones terrestres mencionadas por el Gobierno, un vehículo que viajaba desde Tapachula hacia Jalisco fue interceptado con 30 kilos de cocaína ocultos entre bancos y sillas.
La escena permite entender algo fundamental: el tráfico no termina cuando una embarcación llega a tierra. A partir de ahí comienza otra etapa. La droga puede pasar a vehículos, almacenes y redes de distribución. Puede dirigirse hacia otras regiones mexicanas o continuar su recorrido hacia la frontera norte. En otras palabras, el mar es solamente uno de los primeros capítulos.
De la costa a las carreteras
La cocaína se mueve en un sistema logístico fragmentado. No existe necesariamente una única organización que controle cada etapa del trayecto desde Sudamérica hasta Estados Unidos. Diferentes grupos pueden intervenir en diferentes puntos y establecer acuerdos, alianzas o disputas. Ese carácter fragmentado dificulta dibujar un mapa sencillo del narcotráfico mexicano. Un estado puede ser utilizado como corredor sin estar completamente bajo el control de una sola organización. Una ciudad puede albergar redes de distribución de diferentes grupos. Una ruta que hoy resulta importante puede perder relevancia mañana. Por eso, hablar de «territorios de un cártel» puede resultar engañoso si se interpreta literalmente. La realidad se parece más a una red de corredores superpuestos y esa red cambia dependiendo de la necesidad de transporte.
Los nombres detrás del negocio
En el panorama criminal mexicano aparecen organizaciones de alcance nacional e internacional como el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), junto con organizaciones regionales y numerosas células locales. Su participación no es idéntica en todos los mercados ni en todas las regiones. Además, el narcotráfico mexicano de 2026 no puede entenderse únicamente a través de la cocaína. El fentanilo y la metanfetamina han adquirido una importancia enorme. A diferencia de la cocaína, estas sustancias pueden producirse mediante procesos químicos en laboratorios clandestinos. Eso ha modificado las estructuras del negocio. En septiembre, por ejemplo, la Marina informó del desmantelamiento de tres laboratorios clandestinos en Sinaloa y del aseguramiento de aproximadamente 16,8 toneladas de aparente metanfetamina en diferentes etapas de producción, además de precursores químicos y otras sustancias.

La cocaína no desapareció; cambió de contexto
El crecimiento del fentanilo y la metanfetamina ha generado la impresión de que la cocaína dejó de ser relevante. Los datos disponibles no respaldan una conclusión tan sencilla. Los grandes decomisos de 2026 demuestran que continúan llegando cargamentos de considerable tamaño. El 15 de septiembre, por ejemplo, la Agencia Nacional de Aduanas de México y la Marina informaron de la detección en el Aeropuerto Internacional de Ciudad de México de un cargamento declarado como café tostado y molido que, según las autoridades, estaba contaminado con aproximadamente 1.077 kilos de presunta cocaína base. Se trataba de un embarque en tránsito internacional.
El caso resulta revelador por otra razón: demuestra que las rutas no son exclusivamente marítimas. La cocaína puede aparecer en operaciones portuarias, embarcaciones, vehículos terrestres o cargas que atraviesan instalaciones aeroportuarias y con esto se demuestra que el tráfico se adapta.
¿Cuánta cocaína atraviesa realmente México?
Aquí aparece uno de los mayores problemas para cualquiera que intente medir el fenómeno. Los decomisos no equivalen al total del mercado. Si las autoridades incautan una tonelada, eso significa que una tonelada fue detectada y retirada del circuito ilegal. No permite afirmar, por sí solo, cuántas toneladas lograron pasar sin ser descubiertas. Por eso conviene evitar una interpretación frecuente: sumar todos los decomisos y presentarlos como si fueran el volumen total del tráfico. No lo son.
Las cifras oficiales permiten conocer lo que las autoridades encontraron, no todo aquello que circuló. La propia documentación de los operativos refleja además que muchas cantidades inicialmente comunicadas son aproximadas y deben ser sometidas posteriormente a procedimientos ministeriales para establecer el peso definitivo. Así ocurrió con varios de los decomisos marítimos de 2026. Esta distinción puede parecer técnica, pero es fundamental para comprender la magnitud real del problema.

El mercado mexicano
Existe otra parte de la historia que suele quedar eclipsada por la ruta hacia Estados Unidos: los consumidores mexicanos. México no es únicamente un territorio de paso. La cocaína también se distribuye dentro del país, aunque las dimensiones y características de ese mercado son diferentes de las del enorme mercado estadounidense. La droga puede circular en grandes ciudades, destinos turísticos y otros centros urbanos. La distribución minorista queda a cargo de redes mucho más pequeñas que las organizaciones que manejan grandes cargamentos internacionales. Aquí también aparece la fragmentación. Una organización puede participar en el tráfico internacional mientras otras células se encargan de vender la droga en determinados territorios. El mercado funciona en diferentes escalas.
Un negocio que se adapta
La historia de la cocaína en México es, en buena medida, una historia de adaptación. Cuando aumenta la vigilancia marítima, las organizaciones buscan otras rutas. Cuando las autoridades incrementan los controles aduaneros, aparecen nuevas formas de ocultamiento. Cuando se fortalece la presión sobre determinadas organizaciones, surgen fragmentaciones, alianzas o nuevos intermediarios. No significa que todas esas estrategias tengan éxito ni que las rutas permanezcan estables. Significa que el tráfico de drogas no es una estructura inmóvil. Es un mercado clandestino que responde a la presión policial, a la demanda, a la competencia entre organizaciones y a las oportunidades logísticas.
La otra cara de los decomisos
Cada cargamento interceptado tiene una lectura financiera. Las autoridades mexicanas suelen calcular el valor económico de la droga decomisada y presentar el operativo como un golpe a las finanzas de las organizaciones criminales. En julio, por ejemplo, la Marina estimó en aproximadamente 248,9 millones de pesos el impacto económico de un aseguramiento de 1.140 kilos de presunta cocaína frente a Chiapas. Pero el efecto de un decomiso no se mide únicamente en dinero. Una incautación puede interrumpir una cadena logística, provocar pérdidas para una organización y obligar a modificar una ruta. También puede desencadenar una disputa por el control del territorio o del corredor afectado. Por eso, cada operativo tiene consecuencias que van más allá de los kilos registrados en un comunicado.
La nueva geografía del narcotráfico
En 2026, la cocaína sigue pasando por México, pero comparte espacio con un fenómeno que ha transformado la economía criminal: las drogas sintéticas. Los grandes cargamentos marítimos de cocaína conviven con laboratorios clandestinos de metanfetamina. Las rutas procedentes de Sudamérica conviven con cadenas internacionales de precursores químicos. Los antiguos corredores siguen funcionando mientras aparecen nuevas formas de producción y distribución.
Por eso, reducir la historia a una sucesión de nombres de cárteles sería quedarse en la superficie. La verdadera historia está en las rutas. En los puertos. En las costas de Chiapas, Oaxaca y Michoacán. En las carreteras que conectan el sur con el centro y el norte. En los aeropuertos y las aduanas y finalmente, en la frontera con Estados Unidos.
La cocaína continúa atravesando México porque existe una demanda internacional que mantiene vivo el negocio. Las autoridades interceptan grandes cargamentos, destruyen redes y detienen a personas involucradas, pero el mercado se adapta. Mientras exista una diferencia tan grande entre el lugar donde se produce la droga y los lugares donde se paga por ella, las rutas seguirán buscando caminos y México, por su posición geográfica, continuará estando en medio de ellas.